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Un accidente de tráfico, un diagnóstico médico grave, un asalto o la muerte repentina de un familiar pueden dejar una huella que no se cierra con el paso de los meses. Cuando los recuerdos del suceso siguen invadiendo la vida cotidiana mucho después de que el peligro haya pasado, puede haber de por medio un estrés postraumático. No es una reacción exclusiva de veteranos de guerra ni de situaciones extremas: cualquier persona que haya vivido o presenciado un acontecimiento amenazante puede desarrollarlo, y solo en España se estima que afecta a entre el 2 y el 3 por ciento de la población cada año.
En las líneas siguientes se explica qué es el trastorno de estrés postraumático, cómo reconocer sus síntomas, por qué aparece, qué lo diferencia de una reacción normal al trauma y qué tratamientos han demostrado eficacia.
El estrés postraumático es un trastorno de salud mental que aparece después de vivir, presenciar o conocer de cerca un acontecimiento traumático. Los orígenes más frecuentes son los accidentes de tráfico, las agresiones físicas y sexuales, los desastres naturales, los abusos en la infancia, las experiencias de guerra o un parto traumático, entre otros.
El miedo y la angustia durante un suceso de este tipo son normales, y también lo es el malestar en los días siguientes. La mayoría de las personas se recupera de forma natural en pocas semanas. El trastorno de estrés postraumático (TEPT) se diagnostica cuando esa recuperación no llega: los síntomas persisten más de un mes, interfieren de forma significativa en la vida diaria y no se explican por otra condición médica ni por el consumo de sustancias.
En las clasificaciones diagnósticas aparece como trastorno de estrés postraumático (TEPT), y en búsquedas y textos de divulgación es frecuente encontrar la forma trastorno estrés postraumático. Son variantes de la misma condición, con los mismos criterios clínicos y el mismo tratamiento.
Los síntomas del estrés postraumático se agrupan en cuatro bloques. No todas las personas los presentan todos, y la intensidad varía mucho de un caso a otro, pero reconocerlos es el primer paso para pedir ayuda.
El primero es la reexperimentación. La memoria del suceso vuelve de forma intrusiva, sin que la persona la convoque. Puede tratarse de un flashback, con la sensación de estar viviendo de nuevo lo ocurrido, de pesadillas recurrentes relacionadas con el trauma o de un malestar psicológico intenso ante estímulos que recuerdan el suceso: el sonido de una sirena, un olor concreto, la fecha del accidente en el calendario.
El segundo es la evitación. La persona organiza su vida alrededor de no encontrarse con los recuerdos. Evita lugares, personas, conversaciones u objetos asociados al trauma, y se niega a hablar del suceso o a pensar en él. Esta estrategia da la impresión de que el tema está superado, cuando en realidad sigue dirigiendo la conducta desde dentro.
El tercer grupo reúne las alteraciones del pensamiento y del estado de ánimo. Aparecen sentimientos negativos persistentes hacia uno mismo o hacia el mundo, dificultad para experimentar emociones positivas, distanciamiento de la familia y los amigos, y creencias distorsionadas sobre lo ocurrido, como la idea de que el suceso fue culpa de la propia víctima o de que nadie merece confianza.
El cuarto es la hiperactivación, el cuerpo en estado de alarma permanente. Se manifiesta en sobresalto exagerado ante estímulos leves, insomnio o sueño fragmentado, irritabilidad y arranques de ira, dificultad para concentrarse y conductas de riesgo, como la conducción imprudente o el aumento del consumo de alcohol.
Los primeros síntomas de estrés postraumático suelen aparecer en los tres meses siguientes al suceso, aunque en algunos casos tardan años en hacerse visibles. Por eso, si el malestar se prolonga más allá de lo esperable después de un trauma, conviene pedir valoración profesional aunque el suceso parezca lejano.
El estrés postraumático complejo, a veces llamado TEPT complejo, aparece en personas que han sufrido traumas prolongados y repetidos de los que era difícil escapar. Son los casos de abusos en la infancia, violencia doméstica, explotación sexual o cautiverio. La psiquiatra Judith Herman lo describió en los años noventa a partir de su trabajo con supervivientes de abusos, y hoy está reconocido en la clasificación ICD-11 de la Organización Mundial de la Salud.
Además de los síntomas propios del TEPT habitual, el estrés postraumático complejo incluye dificultades serias para regular las emociones, una imagen negativa y estable de uno mismo y problemas sostenidos para mantener relaciones de confianza. Muchas personas con esta condición han pasado por consultas durante años con diagnósticos parciales, como depresión o trastorno límite de la personalidad, antes de que se identifique el origen traumático de su malestar. Reconocer el trauma de base cambia el enfoque del tratamiento.
El diagnóstico lo realiza un profesional de la psicología o de la psiquiatría mediante entrevista clínica, en algunos casos apoyada en instrumentos estructurados como la entrevista CAPS-5 o la lista de verificación PCL-5. No existe un análisis de sangre ni una prueba de imagen que confirme el trastorno.
Los criterios del DSM-5 exigen exposición a un evento traumático, síntomas de las cuatro agrupaciones descritas durante más de un mes y una afectación funcional significativa. El manual contempla además el tipo con inicio demorado, para los casos en que los síntomas aparecen meses o años después del suceso, algo frecuente en traumas de la infancia.
No toda persona expuesta a un trauma desarrolla el trastorno, y las explicaciones combinan factores biológicos, psicológicos y sociales. Pesan la intensidad y la duración de la exposición, pero también la ausencia de apoyo social tras el suceso, la existencia de traumas previos, especialmente en la infancia, y vulnerabilidades genéticas vinculadas a la regulación del miedo.
El cerebro participa con circuitos concretos. La amígdala, que detecta el peligro, queda hiperactiva, mientras que la corteza prefrontal, encargada de moderar esa respuesta, reduce su actividad. El hipocampo, que da contexto temporal a los recuerdos, tiene dificultades para etiquetar la memoria del suceso como algo pasado. El resultado es un sistema de alarma que no se apaga y que responde al recuerdo como si el peligro siguiera presente.
El TEPT es uno de los trastornos mentales con mejor respaldo de evidencia en psicoterapia, y el tratamiento de primera línea es psicológico, con o sin medicación asociada.
La terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma incluye protocolos con décadas de evidencia. La terapia cognitiva de procesamiento trabaja las creencias distorsionadas que el trauma deja instaladas, y la exposición prolongada guía a la persona para abordar de forma gradual los recuerdos y las situaciones evitadas, hasta que pierden su poder de alarma.
El EMDR, desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares, está reconocido por la Organización Mundial de la Salud y por las principales guías clínicas para el tratamiento del trauma. La persona recupera la memoria del suceso mientras sigue con la mirada un movimiento rítmico, y ese procesamiento a doble canal reduce la carga emocional del recuerdo. No exige narrar lo ocurrido en detalle, lo que resulta útil para pacientes con mucha evitación.
En cuanto a la medicación, los antidepresivos ISRS como la sertralina o la paroxetina tienen indicación aprobada para el trastorno de estrés postraumático y suelen combinarse con psicoterapia, sobre todo cuando hay síntomas depresivos asociados.
Sin tratamiento, el trastorno tiende a cronificarse, a menudo acompañado de depresión, abuso de sustancias o problemas físicos como dolores crónicos y enfermedad cardiovascular. Con tratamiento, una parte considerable de las personas que lo reciben dejan de cumplir criterios diagnósticos, y las guías recomiendan sesiones semanales durante un mínimo de ocho a doce semanas antes de valorar resultados.
Si más de un mes después de un suceso traumático siguen presentes pesadillas, flashbacks, evitación o nerviosismo constante, el siguiente paso es una valoración profesional. En Barcelona, los psicólogos en Barcelona del centro Dentyclass de Sant Gervasi tratan el trauma con terapia cognitivo-conductual y EMDR, y el equipo también atiende ansiedad, depresión y psicooncología para los casos en que el trauma se relaciona con una enfermedad médica.
El pronóstico mejora cuando el tratamiento empieza pronto, pero nunca es tarde. Hay mejoras documentadas en personas que han convivido con los síntomas durante décadas, y cada sesión que se retrasa es tiempo extra en que la alarma sigue encendida sin necesidad.
